Todos los años, la víspera del solsticio de invierno, el rey reunía a sus nobles en el castillo de Normont para
conmemorar el aniversario de su coronación. Había sido así desde que se tenía memoria. Todos los
reyes de Nortia habían ascendido al trono en el solsticio de invierno, incluso si sus predecesores fallecían en cualquier
otro momento del año. Por ello, con el tiempo, la celebración se había vuelto cada vez más festiva y menos
solemne. Había justas durante el día, y un gran banquete con música y danza por la noche. Los barones del rey acudían
con sus familias y sirvientes, por lo que, durante un par de jornadas, el castillo era un auténtico hervidero de
gente.
También en la ciudad se respiraba un ambiente especial. Comerciantes de todas partes acudían a Normont
aprovechando el momento, y en torno al castillo se formaba siempre un colorido y animado mercado.
Viana y su padre, el duque Corven de Rocagrís, nunca habían faltado a la fiesta del solsticio de invierno, ni siquiera
el año en que se presentaron de luto riguroso por la muerte de la duquesa. Pero de aquello hacía ya mucho
tiempo, y los malos recuerdos parecían haber quedado atrás. Ahora, Viana llegaba a Normont llena de ilusión
porque sabía que, la próxima vez que sus ojos contemplaranlas torres desde el recodo, en primavera, sería para
casarse con su amado Robian.

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