Enguany se celebren els 100 anys del naixement d’un escriptor txec no massa conegut en un primer moment, en sentir el seu nom, Bohumil Hrabal, o veure’l escrit, però que després, en saber els títols d’algunes de les pel·lícules basades en obres seves, diem, ah!, sí, ja sé qui és.

Us deixem algunes notícies:

http://madrid.czechcentres.cz/programa/event-details/100-aos-desde-el-nacimiento-de-bohumil-hrabal/

http://www.radio.cz/es/rubrica/especiales/madrid-rinde-tributo-a-bohumil-hrabal-en-el-centenario-de-su-nacimiento

http://periodistas-es.com/al-rescate-de-bohumil-hrabal-33466

I també un fragment d’una de les seves obres, Trenes rigurosamente vigilados (1964).

 

Trenes rigurosamente vigilados (fragmento)

La máquina se estremecía, a lo lejos brillaban las llanuras con la nieve que se fundía y no cesaba el tictac de los cristales de colores. En la cuneta yacían tres caballos muertos que los alemanes habían tirado por la noche de un vagón. No habían hecho más que abrir la puerta y tirar la carroña. Ahora estaban tirados en la cuneta junto a las vías, las patas estiradas hacia el cielo como columnas sobre las que se apoyase el invisible portal del cielo. El ingeniero Honzík me miró y sus ojos estaban llenos de tristeza y de rabia porque en su sector se le había retrasado este transporte rigurosamente vigilado. Y seguro que el culpable era yo, por eso era correcto que los SS me hubieran hecho subir a la máquina y que insistieran en que les permitieran ponerme los cañones de las parabellum en la nuca y hacerse una seña, apretar los gatillos y descargar dentro de mí la munición y abrir la puertecilla… Eso lo sentía con precisión, y sin embargo pensaba que no era verdad, que no eran capaces porque eran tan guapos; a mí siempre me habían dado miedo las personas hermosas, nunca había sido capaz de hablar correctamente con las personas hermosas, sudaba, tartamudeaba, me producían tanta extrañeza las caras hermosas, me deslumbraban tanto, nunca he podido mirar una cara hermosa.
En cambio el capitán era feo, aquella larga herida que le recortaba la cara era como si en su juventud hubiera caído de cara sobre una olla oxidada; aquel capitán ahora me miraba. Levanté el brazo y me cogí a una especie de asa que colgaba del techo de la locomotora. Me permití hacerlo porque aquel capitán nada más verme ya sabía que yo era un imbécil que no hace otra cosa que estar de pie junto a las vías, un imbécil al que en la dirección de los ferrocarriles en Hradec Králové le dijeron que se quedase junto a las vías y levantase y bajase los semáforos, mientras el ejército del Reich pasaba por su estación para lanzarse primero hacia Oriente y ahora otra vez de regreso. Y yo me dije, de todos modos los alemanes son unos locos.
Unos locos peligrosos. Yo también estaba un poco loco, pero a mi propia costa y en cambio los alemanes siempre a costa de los demás. (…)

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