Como oficial del ejército francés, tomé parte en el sitio de Zaragoza.  Algunos días después de la toma de la ciudad, habiendo avanzado hacia un lugar algo apartado, descubrí una casita bastante bien construida, que creí en un principio que no había sido visitada aún por ningún francés.

Sentí la curiosidad de entrar. Llamé a la puerta, pero vi que no estaba cerrada; la empujé y entré. Llamé, busqué, pero no encontré a nadie. Me pareció que se habían llevado todo cuanto tenía algún valor; pues no quedaban sobre las mesas y dentro de los muebles más que objetos de escasa importancia. Sólo vi en el suelo, en un rincón, varios cuadernos escritos; les eché una ojeada. Se trataba de un manuscrito español; aunque mi conocimiento de esta lengua era muy pobre, sabía lo bastante para darme cuenta de que aquel libro podía ser entretenido: se hablaba en él de bandoleros, de aparecidos, de cabalistas, y nada mejor para distraerme de las fatigas de la campaña que la lectura de una novela estrambótica. Convencido de que el libro no volvería nunca a las manos de su legítimo dueño, no dudé en apropiármelo.

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