Archives for category: Primer paràgraf

Us deixo el text de la Primera Jornada d’aquesta obra en castellà, extret de Ciudad Seva: https://ciudadseva.com/texto/el-decameron-01-00/, web on llegeixo molts contes:

 

PRIMERA JORNADA

COMIENZA LA PRIMERA JORNADA DEL DECAMERÓN, EN QUE, LUEGO DE LA EXPLICACIÓN DADA POR EL AUTOR SOBRE LA RAZÓN POR QUE ACAECIÓ QUE SE REUNIESEN LAS PERSONAS QUE SE MUESTRAN RAZONANDO ENTRE SÍ, SE RAZONA BAJO EL GOBIERNO DE PAMPÍNEA SOBRE LO QUE MÁS AGRADA A CADA UNO.

 

Digo, pues, que ya habían los años de la fructífera Encarnación del Hijo de Dios llegado al número de mil trescientos cuarenta y ocho cuando a la egregia ciudad de Florencia, nobilísima entre todas las otras ciudades de Italia, llegó la mortífera peste que o por obra de los cuerpos superiores o por nuestras acciones inicuas fue enviada sobre los mortales por la justa ira de Dios para nuestra corrección que había comenzado algunos años antes en las partes orientales privándolas de gran cantidad de vivientes, y, continuándose sin descanso de un lugar en otro, se había extendido miserablemente a Occidente. Y no valiendo contra ella ningún saber ni providencia humana (como la limpieza de la ciudad de muchas inmundicias ordenada por los encargados de ello y la prohibición de entrar en ella a todos los enfermos y los muchos consejos dados para conservar la salubridad) ni valiendo tampoco las humildes súplicas dirigidas a Dios por las personas devotas no una vez sino muchas ordenadas en procesiones o de otras maneras, casi al principio de la primavera del año antes dicho empezó horriblemente y en asombrosa manera a mostrar sus dolorosos efectos. Y no era como en Oriente, donde a quien salía sangre de la nariz le era manifiesto signo de muerte inevitable, sino que en su comienzo nacían a los varones y a las hembras semejantemente en las ingles o bajo las axilas, ciertas hinchazones que algunas crecían hasta el tamaño de una manzana y otras de un huevo, y algunas más y algunas menos, que eran llamadas bubas por el pueblo. Y de las dos dichas partes del cuerpo, en poco espacio de tiempo empezó la pestífera buba a extenderse a cualquiera de sus partes indiferentemente, e inmediatamente comenzó la calidad de la dicha enfermedad a cambiarse en manchas negras o lívidas que aparecían a muchos en los brazos y por los muslos y en cualquier parte del cuerpo, a unos grandes y raras y a otros menudas y abundantes.

I  El President del Col·legi d’Àugurs a Gai Juli Cèsar, Pontífex Màxim i Dictador del poble romà.

(Còpies per al sacerdot de Júpiter Capitolí, etc.; per a la Senyora Presidenta del Col·legi de les Verges Vestals, etc., etc.)

[1 de setembre del 45 aC.]

Al reverendíssim Pontífex Màxim:

Sisena relació del dia.

Informes sobre el sacrifici del migdia.

Una oca: màcules al cor i al fetge. Hèrnia del diafragma.

Segona oca i un gall: cap comentari.

Un colom: estat ominós, ronyó desplaçat, fetge dilatat i de color groc. Quars rosa al pap. Se n’ha ordenat un estudi més detallat.

Segon colom: cap comentari.

Vols observats. una àguila, des de tres milles al nord del mont Soracte, fins al límit de la visió, per sobre de Tívoli. L’ocell ha mostrat una certa inseguretat en el vol a mesura que s’aproximava a la ciutat.

Trons: no s’ha sentit cap tro d’ençà de l’últim que es va registrar fa dotze dies.

Salut i llarga vida al Pontífex Màxim.

 

EL CABALLERO POBRE

Aleksandr Pushkin (1799-1837)

Era un pobre caballero
silencioso, sencillo,
de rostro severo y pálido,
de alma osada y franca.
Tuvo una visión,
una visión maravillosa
que grabó en su corazón
una impresión profunda.
Desde entonces le ardía el corazón;
apartaba sus ojos de las mujeres,
y ya hasta la tumba
no volvió a hablar a ninguna.
Púsose un rosario al cuello,
como una insignia,
y jamás levantó ante nadie
la visera de acero de su casco.
Lleno de un puro amor,
fiel a su dulce visión, escribió con su sangre
A.M.D. sobre su escudo.
Y en los desiertos de Palestina,
mientras que entre las rocas
los paladines corrían al combate
invocando el nombre de su dama,
él gritaba con exaltación feroz:
Lumen coeli, sancta Rosa!
Y como el rayo, su ímpetu
fulminaba a los musulmanes.
De regreso a su castillo lejano,
vivió severamente como un recluso,
siempre silencioso, siempre triste,
muriendo por fin demente.

 

In memoriam.

 

“Tenía una imponente cabellera, una laberíntica y ondeante guirnalda de espirales y bucles, ensortijados y lo bastante grandes para servir como adornos navideños. El desasosiego de su infancia parecía haber pasado a las enroscaduras de su sinuosa y espesa cabellera. Su cabellera irreversible. Podías fregar cazos con aquel cabello sin que se alterase más que si lo hubieran cosechado en las oscuras profundidades marinas, como si fuese un organismo que creciera en los arrecifes, un denso ónice vivo, híbrido de coral y arbusto, tal vez poseedor de propiedades medicinales”.

No és el primer paràgraf.

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en plan de prometerlo todo. «No dejes de ir a visitarlo —me recomendó—. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte.» Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.

Al campanar de Santa Maria, s’hi entra per la capella baptismal. Allí, la mística penombra del temple gòtic esdevé tenebrosa. En el frontis, del quadro on Sant Joan Baptista tira aigua amb una petxina sobre la noble testa de Jesús, no es distingeix més que la taca informe de les carns blanques.

PRÓLOGO
El suceso en el cual se fundamenta este relato imaginario ha sido conside-
rado por el doctor Darwin y otros fisiólogos alemanes como no del todo
imposible. En modo alguno quisiera que se suponga que otorgo el mínimo
grado de credibilidad a semejantes fantasías; sin embargo, al tomarlo
como base de una obra fruto de la imaginación, no considero haberme
limitado simplemente a enlazar, unos con otros, una serie de terrores de
índole sobrenatural. El hecho que hace despertar el interés por la historia
está exento de las desventajas de un simple relato de fantasmas o encan-
tamientos. Me vino sugerido por la novedad de las situaciones que desa-
rrolla, y, por muy imposible que parezca como hecho físico, ofrece para la
imaginación, a la hora de analizar las pasiones humanas, un punto de vista
más comprensivo y autorizado que el que puede proporcionar el relato
corriente de acontecimientos reales. Así pues, me he esforzado por mante-
ner la veracidad de los elementales principios de la naturaleza humana, a la
par que no he sentido escrúpulos a la hora de hacer innovaciones en cuanto
a su combinación. La Ilíada, el poema trágico de Grecia; Shakespeare en
La tempestad y El sueño de una noche de verano; y sobre todo Milton en
El paraíso perdido se ajustan a esta regla. Así pues, el más humilde novelista
que intente proporcionar o recibir algún deleite con sus esfuerzos puede,
sin presunción, emplear en su narrativa una licencia, o, mejor dicho, una
regla, de cuya adopción tantas exquisitas combinaciones de sentimientos
humanos han dado como fruto los mejores ejemplos de poesía.

Com que feia un temps preciós i era dissabte, dia que el seu càrrec li permetia descansar, l’Anthime havent dinat va sortir a fer uan volta amb bici. Els seus projectes eren: aprofitar el bon sol del mes d’agost, fer una mica d’exercici i respirar l’aire del camp, sens dubte llegirajagut a l’herba, vist que havia lligat el vehicle, amb un pop, un volum massa gruixut per al portaequipatge de filferro.

No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados. Cuando se oyó la detonación, unos cinco minutos después de que la niña hubiera abandonado la mesa, el padre no se levantó en seguida, sino que se quedó durante algunos segundos paralizado con la boca llena, sin atreverse a masticar ni a tragar ni menos aún a devolver el bocado al plato; y cuando por fin se alzó y corrió hacia el cuarto de baño, los que lo siguieron vieron cómo mientras descubría el cuerpo ensangrentado de su hija y se echaba las manos a la cabeza iba pasando el bocado de carne de un lado a otro de la boca, sin saber todavía qué hacer con él.

El verano pasado, durante un período de intenso calor, Jim Burden y yo atravesamos Iowa casualmente en el mismo tren. Somos viejos amigos, crecimos juntos en la misma población de Nebraska, y teníamos mucho de que hablar. Mientras el tren recorría interminables kilómetros de campos de trigo maduro, dejando atrás pueblos, pastos cubiertos de flores vistosas y robledales mustios por el sol, nos sentamos en el vagón panorámico, donde la madera estaba caliente al tacto y una gruesa capa de polvo rojo lo cubría todo. El calor y el polvo, el ardiente viento, nos recordaron muchas cosas. Charlábamos sobre lo que significa pasar la infancia en poblaciones como ésas, enterradas entre trigo y maíz, padeciendo los estimulantes extremos del clima: veranos abrasadores en los que la tierra verde y fecunda yace bajo el cielo fulgente, y uno se ahoga casi en vegetación, en el color y el olor de la densa maleza y las cosechas ubérrimas; inviernos borrascosos con poca nieve, cuando la tierra toda queda pelada y gris como una plancha de hierro. Convinimos en que era preciso haber crecido en una pequeña población de la pradera para saber lo que era aquello. Era una especie de francmasonería, dijimos.